

| Jungla de Cemento - La supervivencia del más...alto - 16/07/2005 |
No en vano la llaman la jungla de cemento, es ahí donde se hace evidente que el más fuerte es el que sobrevive. La lucha se pelea diariamente en varios campos de batalla, pero hay uno en especial en el que el más débil es el más perjudicado. El colectivo!!! Allí la lucha es la más sangrienta de todas, aunque se aceptan quejas de los que viajan en tren y subte, como yo no soy de esos hablo del tan afamado “bondi”. El primer round se pelea en la parada. Siempre hay algún “distraído” que se para delante de tuyo, y vos pensás ¿soy invisible? ¿te cuesta entender que la fila se hace para atrás y no para adelante? No, evidentemente el problema es que quiere pasar primero, y en realidad no es tan importante, hasta que llega el ansiado transporte repleto de gente y sólo queda un escalón para colgarse. Por supuesto eso siempre pasa cuando te quedaste remoloneando diez minutos más en la cama y por eso te estás por tomar el que pasa y diez en lugar del que pasa en punto, como siempre, lo que implica que tenés los minutos contados para llegar a destino. Ganado el primer round uno escala el colectivo (si, escala porque ya no se sube, uno se agarra como de un precipicio) e intenta llegar a la máquina de monedas que siempre te escupe la de cincuenta cuando es la única que tenés. El problema comienza cuando tenés que buscar un lugar de dónde agarrarte. Los altos son favorecidos por el pasamanos que está estratégicamente ubicado a tres metros del suelo; si sos petizo fuiste. Y no sólo porque te vas tambaleando de un lado a otro, rebotando entre mochila y mochila, sino porque estás a la altura exacta para que tu nariz recepcione los más variados olores que uno pueda imaginar. Para qué entrar en detalles asquerosos, todos nos imaginamos cuáles son y cómo se intensifican en verano. Pero aunque parezca mentira el invierno también es complicado, porque como hace frío nadie quiere abrir las ventanillas y la gente se acumula en los pasillos. Pero volviendo a la lucha, el más vivo es el que se sale con la suya. Hay que desarrollar un instinto esotérico para poder predecir quién va a ser el próximo en bajarse y liberar el asiento. Y no sólo eso, sino que hay que lograr poder acercarse y que cuando se levante no haya uno más rápido que ponga su culo en el asiento primero. Pero lograr un lugar para sentarse es para privilegiados. El pobre que tiene que quedarse parado tiene que enfrentarse a otros seres que suelen frecuentar el colectivo. El perchero: de este no se salvan ni los que están sentados, son esos que piensan que sos un perchero entonces se apoyan en vos, o te cuelgan el bolso. Encima, si les decís algo, a los cinco segundos están haciendo lo mismo otra vez. Generalmente son criaturas que llevan una carga pesada y prefieren que vos la cargues por ellos, además aprovechan para reposar sobre vos como si fueras un poste. El escolar: ese chico –nunca superan los 13- que sube con el guardapolvo blanco y una mochila enorme!!! (estudios científicos revelan que el promedio es masomenos 2 o 3 veces su tamaño) y pasa golpeando a todos con su bolsota que no se entiende cómo puede entrar si no cabe ni un alfiler! Vos apenas podés encontrar lugar para tu insignificante carpeta y él introduce una mochila gigante. El problema es que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio, por lo que uno desplaza a otro. La histérica: siempre hay una señora que se pelea con el colectivero, ya sea porque su moneda no es aceptada por la máquina, porque el chofer no deja de levantar gente cuando ya no hay espacio o porque paró a tres metros del cordón de la vereda. El resultado es que el colectivero queda perturbado por la discusión y termina manejando el vehículo como si fuera una batidora. El codón: aunque generalmente es de sexo femenino. Es pariente cercano del perchero pero cumple otra función. En lugar de colgarse de vos te clava el codo entre las costillas. A veces otras partes del cuerpo también se ven afectadas. Por lo general su máximo objetivo es lograr adueñarse de la manija de la que te estás agarrando, pero sospecho que muchos lo hacen por puro placer. El apestoso: ese sr/a que segrega olores nefastos. Uno no entiende si hace años que no ve una ducha, si por su casa ni siquiera llueve, o si es un problema médico. La cuestión se acentúa cuando uno está sentado del lado de la ventanilla y se encuentra aprisionado y no hay aire que baste para ventilar. El huevón: si, si, leyeron bien, el huevón, ese que se sienta al lado tuyo y abre las piernas como si tuviera el sistema solar con todos los planetas entre medio de sus extremidades. Una, sobretodo si goza de menuda contextura, queda acurrucada contra el borde del asiento, haciendo malabares para no caerse. Y no puede evitar preguntarse ¿realmente es para tanto? ¿NO PODÉS CERRAR UN POCO LAS PIERNAS? El apoyador: este personaje es muy conocido, también frecuenta boliches, subtes, colas del banco y todo lugar que le permita realizar su ejercicio diario. No es una especie de psicólogo que ayuda a tomar decisiones, no, no, es el famoso y mal ponderado apoyador. Las mujeres son el blanco perfecto, pero en estas épocas hay para todos los gustos. Disimuladamente se ubican estratégicamente detrás de uno y para fregarse adoptan el ritmo del colectivo en un intento por mimetizarse. Su tarea sólo la realizan cuando el colectivo está lo suficientemente lleno como para que nadie pueda correrse de su posición y para que la acusación pueda ser defendida con un “no hay más lugar”. Por supuesto hay más personajes que habitan este transporte en el que todo puede pasar: mucha gente, mucho calor, mucho movimiento, se presta para malos entendidos -la mayoría de las veces no tan mal entendidos-. Y vos que pensás que esto es una boludés porque tengo el auto de papi, YA VAS A TENER QUE VIAJAR EN COLECTIVO; cuando te pase, acordate que vivís en una jungla de cemento. |